Porfavor, no junte peras con frutillas

déjelo fluir


El ocaso


El abrazante sol quema la calva cabeza del abuelo y la morena cabellera del niño. Ambos caminan a paso lento, el abuelo marca su andar al ritmo de su bastón de madera, compañero fiel de largas andanzas. El abuelo le cuenta el mundo al niño, mientras él lo llena de preguntas in entendibles para siete décadas de diferencia arrolladora.- Que el play station, que el msn, que los monos que se comen la cabeza unos a otros y uno gana el juego si se come todas las cabezas. Super.

El niño es el viejo chico del vecindario; tiene dichos de antaño, madurez abrumadora al momento de jugar desde el luche hasta pasear a las niñas en su bici. Debido a esto se gana el cariño de todas las niñas de vestidos con vuelo y peinado hecho por dos moños-al parecer es muy atento, enchapado a la antigua- , y el odio de la gente mayor que no tolera frases armadas de papis para calmar tu impaciencia de niño. Se peina para el lado y usa los pantalones un poco más arriba de lo supuesto para los siete años. Tiene un tono de voz que penetra por cada ventana, su risa parece quebrajar los vidrios de la manzana. Posee la fuerza para pedalear y llevar en la parrilla rosada de los corceles a las doncellas regordetas, las cintas colorinches de los manubrios flamean felices al ver que sus dueñas han encontrado el amor infantil.

El abuelo ,por otra parte, trata de permanecer en un lugar vacío para no importunar a nadie – vive de allegado en la casa de su hija desde que sufrió un paro cardiaco- va a la cocina cuando no están sus nietas reclamándole por algo que hizo mal, un plato mal lavado, un envase mal cerrado; deambula por la casa tratando de hacer algo por la poca vida que le queda; sale al patio, toma aire fresco, coquetea con la vecina al lado - su compañera ante tanta juventud que quita espacios- le piropea las rosas rojas y su piso encerado, ambos flirtean sin mucho que perder.

El niño y el abuelo continúan caminando, el calor parece no importarles. Todo porque el tiempo se les acaba y hay tanto que enseñar – piensa el abuelo- todo porque la vida se le acaba y tuvo la mala suerte de tener un hijo cuando los atardeceres parecen desvanecerse más rápido de lo previsto. El niño lo sabe y trata de retener todo lo que pueda y hacerle ver que puede ser como su papá, aunque no lo haya conocido cuando el sol recién aparecía detrás de la cordillera.

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