
El gallo cacareó y la luna apareció.
La niña se levanta y la noche brinda un cambio,
el reloj susurra un apuro y las estrellas iluminan el camino trazado,
la rueda hace clic clic al ritmo del pedal que gira.
El frío la asusta pero ella no parece notar que el día se ha hecho noche,
que en vez de ir hacia delante va hacia atrás.
El semáforo rojo la alienta a pedalear más rápido, el amarillo la saluda.
La canción ya no es en inglés sino que viene con subtítulos que ve por el retrovisor.
La mochila imposible se ha convertido en una canasta dulce;
el trabajo finalmente no es una molestia,
los jefes ven las estrellas,
los empleados juegan a la escondida
y la luz es de velas que se mueven al ritmo de la guitarra que no la abandona,
el cansancio es ácido y se come con sal.
El sol anaranjado está por aparecer,
llega desde abajo y sale por la playa de olas mansas.
Si cierras los ojos la arena se te mete por los dedos,
la noche ha llegado y el sol brilla más fuerte que nunca.
La niña se saca sus pantuflas y el mar la abraza despacio frotando su cabellera rojiza
con sal sin sodio.
Un alga la acurruca, una roca la acaricia, un sol le pone cobriza la piel con pintitas.
La arena la besa y una sombrilla le da las buenas noches.
Etiquetas: bicicleta, cuento, guitarreado.

