Constitución Económica de Bolsillo
1 Comments Published by Isabel on jueves, abril 10, 2008 at 12:28 a. m..
Digamos que estaría bastante bueno comenzar a coser ese hoyo existente en el bolsillo izquierdo del pantalón de cuadrillé favorito de la dama, estaría bueno zurcir ese triángulo de las bermudas en donde se desaparecen los 200 pesos necesarios para apalear la nueva alza de precios que toca lo más sencillo, necesario y delicioso para esa palta con té: el glorioso pancito. 800 pesos el kilo es una ordinariez de proporciones, más aún las alzas emocionales.
Los pronósticos invitan al derroche, creo que esta pyme esperará hasta que la tormenta cese, invertir es un lujo y este bolsillo parece no aguantar nuevas inundaciones de precios.
Etiquetas: alzas, cuento, economía de bolsillo

Sillas y mesas se entrometen en mi camino al lugar sagrado en donde todos grandes pensamientos nacen. Tú vienes de vuelta con el alma más ligera y el corazón bombeando al ritmo del rock que suena difuso desde el wurlitzer. Un pié acompaña al otro al ritmo envolvente, mientras aún mantengo la risa pegada como chicle debajo de la mesa. Un “hola” lejano me hace caer en la trampa, la experiencia adquirida a través de los años me ha vuelto reticente al saludo foráneo, más aún proveniente de una escalera curva que lleva a un gran negro desaparecimiento. La curiosidad hormonal me hace contestarte, tu necesidad te hace subir cuatro peldaños, me vuelvo puras curvas, tú te conviertes en una fortaleza atrayente, las sonrisas son tiesas pero verdaderas, todo parecer latir más rápido. Las palabras no cuentan, el tacto se vuelve agudo, los oídos se ensordecen, tus manos atrapan mi cintura, tus labios devoran los míos, mi aliento se ahoga, mi risa se disuelve, tu cuerpo me invade…y te doy mi número y de paso la mitad de mis conflictos para que los conserves en tu directorio telefónico. Mientras empujo al pié izquierdo para que tome vuelo a un lugar más allá de cuatro peldaños que me obliguen a sacarme la sonrisa y el “yo no hago estas cosas”.
El par de zapatos me empezó a quedar chico, se llenó de agujeros y la tierra comenzó a entrar en plena temporada estival. Me aburrí de usarlos o de que ellos me usen a mí. Estoy llena de cicatrices y rasguñotes varios; ni que hablar de los centenares de parches curitas que han pasado por cada coyuntura especial de mi adolorido pie.
Hemos pasado buenos momentos, para que andamos con cosas, pero estoy un poco cansada de utilizarlos sólo cuando combinan con un vestido o cuando apañan para un sol en especial y no para las centenares de pozas de agua que vivo al mes. Siempre pensé que eran especiales, una clase de misterio envuelto en su cuero al 80% o en su 10% de poliéster. El pié izquierdo apañaba en tardes cerveceras, algunas veces rodeado de otros zapatos u otras acompañado de unas zapatillas de color fosforescente. Largas conversaciones, análisis profundos y un total descaro para admitir que la vida es una mierda eran la especialidad de izquierdo; aunque eso nos durara sólo dos interminables segundos hasta que me sacaba una sonrisa y la vida se volvía un tanto naranja con algo de verde, colores que por cierto no combinaban con él, pero hacia el intento sólo para agradarme. Por otra parte el zapato derecho tenía un hoyo en la mitad de la suela, siempre se gastó más, no se si por la fricción entre él y yo o porque simplemente su espíritu hiperkinético lo llevó a intentar ser una vil sandalia de cuero. Juntos conocimos lugares inexplorados, recorrimos largos caminos, mientras izquierdo sólo quería llegar al pasto. El zapato derecho me hizo creer que dar unos pasos más podría tener aquello que deseaba, me alentaba cuando las cuestas se veían muy pesadas y cuando llegábamos a la playa se metía al agua sin importar que se humedeciera. Nuestra relación siempre fue de amor y odio, me costaba abrocharlo en las mañanas de legañas pegajosas, me rozaba demasiado con cierto tipo de calcetines, pero me gustaba, no sé si por su estiloso cordón color rojo o porque ese pié es el que tengo más chico; la situación tendió a nublarse cuando izquierdo le dijo a derecho que quería probar suerte con nuevos pies, unos que los llevaran a recorrer el mundo y no la plaza de armas a las 3 de la tarde. De pronto me llené de moretoncitos en el dedo gordito, me quedaban chicos y estaban bien cochinos, perdieron el brillo que en algún momento una vitrina mostró a través de su reflejo.
Pese al desencanto, aún me engrupen; simulan ser un apoyo en momentos de callosidades, pero apenas ven una dureza desaparecen sin siquiera absorber un poco de talco. He intentado aceptarlos a través de muchas caminatas, pero finalmente reconozco que son sólo unos zapatos cómodos para chancletear en la casa que no combinan para lucirlos en las comidas. Por más amables que sean, por más cómodos, flexibles y aperrados, siempre desentonan ante la sociedad, pero sobre todo ante mí. Se pusieron ásperos y duros, al parecer la dejadez de mi parte en este mes soleado los terminó por achicar, quizás fue eso o mi nula capacidad de aceptar ver como miran a otros pies con deseo, ni menos ser llamados por otro nombre por usuarios no reconocidos. Los quise mucho, pero creo que es tiempo de comprarme unos nuevos.
Etiquetas: cuento
Si tu hombro cayese un poco más hacia tu derecha, las cosas podrían prestarse para otro asunto, pero jamás lo entendería de otra manera. Si tu mano toma como justificación las curvas de la carretera ya que debes apoyarte en algún lado, que casualmente fue mi hombro, puedo tomarlo como una cosa de gravedad y fuerza mayor. Si mientras intento mirarme en el espejo retrovisor el maquillaje corrido, noto como intentas oler mi cabello que contiene la mitad de la historia de la noche, puedo aceptarlo como una sensibilidad especial a la curiosidad. Si observas como bailo, río, como y hablo estupideces con una atención que merece una clase de historia del arte, no mi persona en general, ni mi estado de jolgorio en particular, puedo decir que quizás analizabas el ambiente e intentabas calzar en un lugar poco calzable. Si hablas con mis amigas sobre tu patético estado amoroso y tu necesidad gloriosa de tener pareja puedo tomarlo como confesión en una noche de sinceridades; pero si me dices que te gusto y que quieres besarme me costaría creerlo, de hecho me quedaría perpleja y miraría para otro lado con tal de no ser sincera y romperte el corazón antes que mires como mi ojo tirita cuando se siente alagado pero sin poder de realizar un feedback. Nunca me di cuenta, te lo juro.
Etiquetas: cuento
El auto rojo, tú y el entrerrejado.
7 Comments Published by Isabel on viernes, noviembre 23, 2007 at 11:22 p. m..
Llevó horas esperando junto a las escaleras, podría bajar el mundo por esos peldaños y tú no te inmutarías en descender. Si te pones a mirar por entre cada hendidura puedes ver como pasa el sol por cada una de ellas, pero lo más probable es que eso no te interese, si ni siquiera te molestas en ver como las ancianas me miran como a un delicuente cada vez que bajan a comprar las verduras para el almuerzo y de paso cuchuchear acerca de que hace un tipo en un auto rojo a todo sol mirando los hoyitos de su edificio. Qué te costará escuchar lo que tengo que decirte, porque siempre crees que tus palabras son la conclusión de todo tipo de conversación. Si lo que tengo que decir tiene tan sólo dos palabras, dos simples palabras que se entremezclan y se convierten en eso que te quiero dar pero tu no quieres recibir. Y no es nada sexual señora de la verdulería, se lo juro, todo lo contrario, (o quizás sucedáneo del mismo asunto, también está dentro de las posibilidades), ¿Acaso no ve las flores que en algún momento de la mañana fueron rojas y ahora lucen negras como este nuevo bronceado que adquiero mientras me derrito con las flores arriba del auto, con mis ganas de hablarte que están encima de la guantera, con mi cariño pidiendo clemencia que está debajo del tapiz?
El cerro más pequeño que nunca existió.*
6 Comments Published by Isabel on lunes, agosto 27, 2007 at 10:49 p. m..
Pareciera que todo está en orden, finalmente las piezas están en su lugar. Como dijo alguna vez una adivina de plaza de armas, llegó el momento de mi vida en que las lunas estuvieron alineadas y los soles de algún planeta lejano se ubicaron de tal manera para que tú y yo nos conociésemos. Y todo fue radiante, soleado y caluroso, como esos veranos que todo el mundo sueña tener. Tan radiante fue, que el último recuerdo es mi cabeza estrellada contra el parabrisas. No todo lo que brilla es oro y el sol irradió más de lo que alguna vez quise pensar. Y estuve postrada tanto tiempo, conciente e inconciente a la vez; la gitana del cerro Santa Lucía al parecer realmente me maldijo, y yo tan ilusa que nunca quise creer en los siete años de mala suerte.
Los días pasaron y las cosas siguieron el curso enferma-pero-viva; muchas visitas, palabras que parecen estar con calco a la última persona que salió del dormitorio; flores de velorio pero sin muerto. Todo tristemente colorido. Mi cara inexistente sólo se esforzaba por sonreír y preguntar dónde estabas y nadie nunca quiso responder. Al parecer te moriste, el sol nos cegó a ambos y fuimos esa cursi pareja de los cuentos, esas que viven por siempre juntos. El problema es que no estabas aquí. Una nube se atravesó en mi camino y paf!...
Etiquetas: cuento

No sé como lograr provocarte, tu subconsciente me engaña deliberadamente cada vez que doy un paso que parece seguro, tu mente me da el vamos pero tu boca sólo da negativas.
Etiquetas: cuento

El gallo cacareó y la luna apareció.
La niña se levanta y la noche brinda un cambio,
el reloj susurra un apuro y las estrellas iluminan el camino trazado,
la rueda hace clic clic al ritmo del pedal que gira.
El frío la asusta pero ella no parece notar que el día se ha hecho noche,
que en vez de ir hacia delante va hacia atrás.
El semáforo rojo la alienta a pedalear más rápido, el amarillo la saluda.
La canción ya no es en inglés sino que viene con subtítulos que ve por el retrovisor.
La mochila imposible se ha convertido en una canasta dulce;
el trabajo finalmente no es una molestia,
los jefes ven las estrellas,
los empleados juegan a la escondida
y la luz es de velas que se mueven al ritmo de la guitarra que no la abandona,
el cansancio es ácido y se come con sal.
El sol anaranjado está por aparecer,
llega desde abajo y sale por la playa de olas mansas.
Si cierras los ojos la arena se te mete por los dedos,
la noche ha llegado y el sol brilla más fuerte que nunca.
La niña se saca sus pantuflas y el mar la abraza despacio frotando su cabellera rojiza
con sal sin sodio.
Un alga la acurruca, una roca la acaricia, un sol le pone cobriza la piel con pintitas.
La arena la besa y una sombrilla le da las buenas noches.
Etiquetas: bicicleta, cuento, guitarreado.

