Porfavor, no junte peras con frutillas

déjelo fluir


Hollywood más de cerca.


Finalmente todo el mundo tiene una manera extraña y bizarra de ser reconocido en un mundo que poco entrega a los que no son como debiesen ser. Bukowski tuvo lo suyo siendo un borracho empedernido, de la clase brutal que no combina a las 9 de la mañana en el metro con los oficinistas yendo a su trabajo. En simples palabras al tipo lo amas o lo odias. No hay términos medios para un tipo como Bukowski; es caliente, coshino y vulgar. Ah y curado; curado como él solo. Si en algún momento he creído que tengo cierto problema con el alcohol con él me queda claro que estoy a años luz de alcanzarlo, el tomar es un puto arte y hay que nacer con la bendición o simplemente ponerle mucho empeño. “Hollywood” es el reconocimiento autodeclarado a un tipo que desde que era pendejo decidió remar para el otro lado, nunca le tincó la idea de comprarse una casa, tener hijos y una señora emperifollada todos los días esperándolo con la once mientras se quejaba de su pega inmunda. Aunque lo de la pega inmunda no se si realmente pudo jactarse de ello ya que el trabajo sucio siempre estuvo de su lado, y si usted señor lector cree que el tipo de Discovery Channel la pasa mal en su programita, debería leer “Post Office”, allí si que hay que cargar con la mierda para todos lados- aunque no sea técnicamente y tenga forma de sobre y papel roneo-.

“Barfly” es el nombre de la película que pone en celuloide la vida de Henry Chinaski, mostrando la parte cruda en que éste trata de hacerse un lugar en el mundo de los borrachos, en donde las peleas con los camareros, las citas con minas chaladas y la vida que se estruja entre una copa y otra son el pan de cada día. Bukowski escribe este guión sentado desde la mesa de la madurez, un cliché del porte de un buque, pero qué más da, el tipo sabe que su vida ha sido una mierda pero si pudiera volvería a ser el mismo lolito que andaba con Joane, chicuela que terminó muerta por sobredosis de vino donada por sus compañeros de trabajo en acto de generosidad indiscutible (hay que entenderla, 17 botellas de vino eran atractivas todas juntas arriba de su tina). Ahora Bukowski está casado, tiene 65 años y mientras más avanzas por las aventuras de la creación de Barfly notas la repulsión que puede causar en una primera instancia desaparece cuando se nota que el mundo está mucho más virado que él; al lado del novio/amigo del director que vive en la peor pobla de California, cuidando que los negros no se roben sus gallinas y este mismo director obsesivo que decide tomar cualquier tipo de riesgo para poder realizar la película.

Bukowski luce como la eminencia de la sabiduría callejera, una clase digna de escuchar al lado de una cerveza bien helada en un bar con pinta de tugurio. Es la clase de lectura que sienta demasiado bien cuando con muchos años menos que él hay cosas que te suenan demasiado familiares a menor escala, o pregúntenle a la productora de Chileno Choro a quién le ofrecíamos el alma a cambios de unos pesos pro presupuesto.

La vida de las películas no es fácil, menos la del escritor que no tiene nada que ver con eso y que disfruta ver como todo el mundo intenta ser algo que no es. Bukowski lo vio, tomó su botella y a su mujer, decidieron volver a casa a encerrar a los gatos. La vida es mucho más sencilla de lo que tú y yo podemos creer, así lo dice un curado de 65 años. Y ya sabes lo que sigue… los curados y los niños no mienten.

Y sí, me cae bien Bukowski.

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La mujer de la duda asesina



Dicen que la curiosidad mató al gato, en el caso de mi vecindario es al perro y sus deshechos. Un día cualquiera tras despegarme de las sábanas, de puro copuchenta me asomé por la ventana y un paisaje bastante aterrador se cruzaba en mi vista; una de mis vecinas se acerca a una de las casas del final del pasaje con una pala de lata que sujetaba firmemente, en ella se encuentra una decente cantidad de caca de perro. A paso lento pero firme, la señora canosa y cascarrabias del 3801 se acerca al portón negro, sin mirar a su alrededor, va y deposita todo el contenido en frente de éste y así nada más, se devuelve y continua su camino con una sonrisa de orgullo.

El hecho en sí me provocó un espasmo que me llevó a pensar si realmente esta señora sabía todos los recovecos que puede tener un acto como este. Tirar la mierda encima, pasar a llevar al próximo, meterte en el bolsillo las buenas costumbres y la ética de vivir en comunidad. Tantas cosas que no pude cerrar la boca hasta que la perdí de vista.

Mi vecino de al lado es evangélico, al igual que los anteriores propietarios de la casa (léase unos post anterior sobre el vecino), lo supimos indudablemente por el logo de su vehiculo “Cristo Viene” y todos los términos de sus frases con la palabra “Hermana”. Mi vecino es extraño, escucha todo el día la radio María a alto volumen y no son de lo más sociables, bueno, yo tampoco, pero esbozo una sonrisa cínica si me dicen hola, o a veces más cordial si son una de las tías simpáticas. Me lo encontré en las vacaciones, al no reconocerlo casi le digo un par de improperios por tocar tanto la bocina; estuve a una de quedar como la rota –ya tengo el calificativo de ruidosa y algo escandalosa debido a las celebraciones en mi hogar- pero me salvé gracias a mi santa Madre, la sociable en momentos de caos. El punto es que el vecino tiene mala cueva, al parecer Dios o Jehová o no se quién parece no ayudarlo mucho. Le robaron y le rompieron un vidrio, además de que en Santiago chocó la muralla que divide su casa con la de otra vecina, la muralla está en el suelo y obligada a taparla con una sábana y decir que próximamente la reparará. Esperamos aún los resultados.

Estoy leyendo “Felices como Asesinos” de Gordon Burn, libro gigante veraniego para ampliar mi repertorio de escritores de habla inglesa y ser una mujer más bacán, chora, que lee libros grandes junto al lago en vez de estar cagada de frío nadando en un día nublado. Pero, más allá de eso – y la nueva seudo obsesión por libros de asesinatos, tras “A Sangre Fría” todo parece tan vacuo- he estado viendo más de cerca a mis vecinos, a varios de los cuales conozco hace más de quince años y los nuevos, que tienen más que alguna cosilla en particular. Vivir en comunidad parece mucho más complejo de que lo pintan los avisos de las constructoras. El parque que prometieron se convirtió en una plaza sin asientos que luego de largos años tiene pasto bien cuidado, pero sin poder sentarse a contemplarlo ya que los amigos de lo ajeno hacen de las suyas. El pavimento ha ido hundiéndose poco a poco debido a las áreas verdes que terminaron por levantar el cemento y crear hoyos que en invierno parecen contener agua para alimentar una central hidroeléctrica. Por lo mismo, siempre me pregunto qué ocultarán detrás de la puerta principal mis vecinos. Allá donde el ojo acusete no logra penetrar, donde las mentiras pueden estar cavadas bajo tierra. Sí, al parecer he leído muchos sobre asesinatos, lo que me ha convertido en la mujer de la duda asesina. Porque gente mala –como dice mi abuela- hay donde menos te lo esperas.

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